Yo era un desastre emocional cuando comenzaste a mostrar interés por mí, como tantos antes que tú habían hecho. Nos conocíamos de hace años, sabías mis debilidades y no dudaste en sacar provecho de ellas.
En nuestra primera cita, me llevaste a uno de los locales más conocidos de Madrid, a ese que sabías que siempre había querido ir. Me prometiste poesía y resultó en dos litronas y un banco, me preguntaste hasta el detalle más escabroso de mi última relación, sólo para despedirme con dos besos en la estación.
Tú, que te creías un nuevo Bukowski y no llegabas a Defreds. Tú, el "romántico empedernido" que me llevó a ver supuestas frases bonitas escritas en cubos de basura por Malasaña en un alarde de valentía. Tú, el intenso escritor que nació con el corazón roto y poemas bajo el brazo. Tú, al que nunca quise, ni tuve intención de querer.
Y es que, este no es uno de tus poemas, no conté cada uno de tus lunares, ni follamos hasta ser uno, ni desnudamos nuestras almas además de nuestros corazones y sobretodo, nunca estuvimos enamorados, ni tuvimos ganas de hacerlo.
Nuestros polvos ni siquiera llegaban a mediocres entre tus nervios y mis inseguridades, tus manos no despertaban fuego por donde pasaban y tus besos eran más bien torpes en medio de la maraña de pies y manos que creamos en tu cama. Pero a pesar de todo e incluso sin amarte, me hiciste sentir que podía amar, conseguiste que recuperara la confianza y creaste un espacio seguro, en el que conseguí sentirme a salvo.
A salvo después de un infierno con nombre y apellidos. A salvo por primera vez desde que perdí la noción de individualidad, desde que la palabra "amor" dejó de significar lo mismo, después de llantos en el tren porque mi palabra y mi decisión habían sido nuevamente ignoradas.
Dejaste de hablar y no me diste un motivo, nunca te lo eché en cara, porque ya sabes, ni siquiera me importaba. Tras meses, el reencuentro, tu actitud, fría y distante, casi como si fuera una criminal que hubiera cometido la peor de las fechorías. Como siempre, te excusé en el ambiente de trabajo pero poco a poco, comenzaron los rumores.
Yo ya no era la chica que se quedó contigo viendo series porque la primera vez se te hizo cuesta arriba, ya no era la que te entendía sin explicaciones porque no necesitaba que me recordaras que somos humanos, ni la que intentó que superaras los miedos que te causó no se qué chica. Ya sólo era "la chica que te habías follado", aunque eso no tuviera nada cierto.
Me distancié, no quería que lo único que me mantuvo a flote en su momento me hundiera cuando por fin estaba superándolo, pero aquí estamos, en ese momento en el que tú te das cuenta de que lo hiciste mal pero yo me convierto en la mala, esperando el final de una historia que nunca empezamos pero sí sabemos cómo termina.
En nuestra primera cita, me llevaste a uno de los locales más conocidos de Madrid, a ese que sabías que siempre había querido ir. Me prometiste poesía y resultó en dos litronas y un banco, me preguntaste hasta el detalle más escabroso de mi última relación, sólo para despedirme con dos besos en la estación.
Tú, que te creías un nuevo Bukowski y no llegabas a Defreds. Tú, el "romántico empedernido" que me llevó a ver supuestas frases bonitas escritas en cubos de basura por Malasaña en un alarde de valentía. Tú, el intenso escritor que nació con el corazón roto y poemas bajo el brazo. Tú, al que nunca quise, ni tuve intención de querer.
Y es que, este no es uno de tus poemas, no conté cada uno de tus lunares, ni follamos hasta ser uno, ni desnudamos nuestras almas además de nuestros corazones y sobretodo, nunca estuvimos enamorados, ni tuvimos ganas de hacerlo.
Nuestros polvos ni siquiera llegaban a mediocres entre tus nervios y mis inseguridades, tus manos no despertaban fuego por donde pasaban y tus besos eran más bien torpes en medio de la maraña de pies y manos que creamos en tu cama. Pero a pesar de todo e incluso sin amarte, me hiciste sentir que podía amar, conseguiste que recuperara la confianza y creaste un espacio seguro, en el que conseguí sentirme a salvo.
A salvo después de un infierno con nombre y apellidos. A salvo por primera vez desde que perdí la noción de individualidad, desde que la palabra "amor" dejó de significar lo mismo, después de llantos en el tren porque mi palabra y mi decisión habían sido nuevamente ignoradas.
Dejaste de hablar y no me diste un motivo, nunca te lo eché en cara, porque ya sabes, ni siquiera me importaba. Tras meses, el reencuentro, tu actitud, fría y distante, casi como si fuera una criminal que hubiera cometido la peor de las fechorías. Como siempre, te excusé en el ambiente de trabajo pero poco a poco, comenzaron los rumores.
Yo ya no era la chica que se quedó contigo viendo series porque la primera vez se te hizo cuesta arriba, ya no era la que te entendía sin explicaciones porque no necesitaba que me recordaras que somos humanos, ni la que intentó que superaras los miedos que te causó no se qué chica. Ya sólo era "la chica que te habías follado", aunque eso no tuviera nada cierto.
Me distancié, no quería que lo único que me mantuvo a flote en su momento me hundiera cuando por fin estaba superándolo, pero aquí estamos, en ese momento en el que tú te das cuenta de que lo hiciste mal pero yo me convierto en la mala, esperando el final de una historia que nunca empezamos pero sí sabemos cómo termina.
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