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No estaba sola.

Me desperté sobresaltada en mitad de la noche. No estaba sola. Lo sabía, podía notarlo. Desde pequeña, me habían dicho que los monstruos no existen, pero yo no estaba tan segura. Traté de incorporarme sin hacer ruido y busqué. Sabía que no era como en los cuentos de niños, los monstruos no se escondían debajo de la cama, ni en el armario, pero yo sabía que había alguien o algo conmigo, no estaba sola. Seguí buscando durante horas y horas, pero no encontré nada, así que decidí darlo por perdido. A la noche siguiente, sucedió lo mismo ¿Qué me estaba pasando? ¿Acaso alguien se estaba riendo de mi? Esta vez, no pensaba dejarlo pasar. Puse la casa patas arriba. Busqué por cada esquina, cada rincón de la jodida casa, y sólo cuando creía que me había vuelto loca, lo vi. Era alta, delgada, con el pelo revuelto y ojeras, estaba enfrente de mi, en el baño, parecía estar muy cansada. Y entonces lo comprendí, claro que los monstruos no se ven. Viven dentro de ti, en una lucha constante por el control, y, lo peor es, que a veces, ellos ganan.

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