Euforia. Una pregunta sin respuesta. Dos personas en dudosas condiciones. Tres chicos en el balcón. Humo. Palabras inaudibles. Música demasiado alta. Miradas de ojos rojos. Alcohol. Vasos desperdigados por el suelo. Una media sonrisa sin dueño. Risas en estéreo. Murmullos. Muchas almas sin sueños. Extraños reencuentros. El roce de una mano. Ruido. Una bolsita que pasa discreta. Dos desconocidos levantados. Paredes que se estremecen. Vitoreos. Cuerpos descontrolados. Algo similar al amor. Locura adolescente. Sexo. Calma tras la tormenta. Vestigios del desastre. Líquido en el suelo. Silencio.
Yo era un desastre emocional cuando comenzaste a mostrar interés por mí, como tantos antes que tú habían hecho. Nos conocíamos de hace años, sabías mis debilidades y no dudaste en sacar provecho de ellas. En nuestra primera cita, me llevaste a uno de los locales más conocidos de Madrid, a ese que sabías que siempre había querido ir. Me prometiste poesía y resultó en dos litronas y un banco, me preguntaste hasta el detalle más escabroso de mi última relación, sólo para despedirme con dos besos en la estación. Tú, que te creías un nuevo Bukowski y no llegabas a Defreds. Tú, el "romántico empedernido" que me llevó a ver supuestas frases bonitas escritas en cubos de basura por Malasaña en un alarde de valentía. Tú, el intenso escritor que nació con el corazón roto y poemas bajo el brazo. Tú, al que nunca quise, ni tuve intención de querer. Y es que, este no es uno de tus poemas, no conté cada uno de tus lunares, ni follamos hasta ser uno, ni desnudamos nuestras almas además ...